Tú
llorabas por mí
como una madre divina,
con lágrimas derramadas
en nostalgias partidas.
Como
un susurro tu lengua
me acunó a la vida
y abandonaste
a tu hijo en la lejanía.
Hiciste
un mundo nuevo
abriste caminos ocultos.
Tomaste rumbos lejanos.
Tu
cuna ya era un barco
de mares separados
y de tierras distantes
Pobre
madre mía,
portaba en su mirada
triste y abatida
la luz de la agonía.
Siempre
hay un mañana
y un ayer.
Siempre una despedida
y un volver.
Es la misma historia
que a menudo se repite
de querer y no poder
Solamente volver de nuevo,
al exilio voluntario,
al voltear las hojas del calendario,
y a esperar que una fría mañana,
o un lluvioso atardecer,
tengamos que emprender
el viaje del volver.