Esperanzas,
sueños, ilusiones. Pequeñas gotas de
agua salada que caen y se mezclan con el mar. Miedo,
impaciencia. Un futuro incierto, extraño y
desconocido. Suena una campana. El blanco humo del
vapor se intensifica. Es la hora, nuestro éxodo
comienza.
“Todos a bordo”, grita un hombre de barba
blanca y ropajes poco habituales para un marinero.
Abordamos el pequeño barco a vapor (con la
pintura gastada y las maderas astilladas); cargados
con cientos de maletas y bolsos, todo lo que teníamos
lo llevamos con nosotros, no queremos dejar nada olvidado,
no queremos olvidar nuestro hogar. Y partimos, en
busca de nuevos horizontes, con sueños muy
diferentes de una vida mejor. Serán seis largos
meses los que deberemos afrontar, pero lo lograremos;
y cada día, al ver el sol ocultarse para volver
a renacer el día siguiente, será una
batalla más que tendremos la certeza de haber
ganado.
Ya han pasado más de dos meses en este lugar,
los corazones ya no lloran cada vez que ven hacia
atrás, pues ahora no hay ninguna tierra a cual
dedicarle una lágrimas; sólo está
el mar, que nos encamina hacia un nuevo mundo.
Las risas de los niños están presentes
a cada instante; tan puros y sencillos, en sus corazones
ya se ha curado esa pequeña herida que causó
a todos el marcharse. Pero nunca falta ése
uno u otro, que pregunte a su madre, ¿cuándo
regresaremos?; y que provoque un sollozo, acompañado
de una muda caricia y un beso.
En estos cuatro meses de trayectoria, el milagro de
la vida no ha dejado de hacerse presente. Tres nuevas
personitas han llegado para alegrarnos y dos han partido
para afligirnos. Ya no somos los mismos que partieron
de ese pequeño puerto de Italia; muy pocos
son los que aún pueden recordar la fragancia
de la hierba fresca en la mañana, la sensación
del rocío sobre la piel, el aroma de las flores
silvestres de las montañas. Todo eso que alguna
vez, fue nuestro hogar, y que hoy es sólo un
recuerdo.
Ya con cinco meses, todos empiezan a emocionarse,
a tan sólo treinta días de nuestro destino,
todos continuamos preguntándonos lo mismo que
nos preguntábamos antes de partir: ¿qué
nos esperará cruzando el mar?
Nadie puede imaginarse ese país, al que llaman
Argentina, con sus grandes montañas, sus amplios
campos, sus grandes ciudades; ese país tan
generoso que nos abrió los brazos.
Y al final, heme aquí, a dos días de
mi destino, el corazón se me acelera, las ganas
de abandonar este pequeño barco que fue mi
hogar por tantos meses y adentrarme en las tierras
del nuevo mundo. Poder respirar al fin un aire que
no tenga ese gusto salado tan particular que tiene
el aire del mar. Poder volver a sentir la tierra firme,
y no estos vaivenes tan incómodos del barco.
Poder oír el canto de las aves, en lugar del
armonioso pero indiferente sonido de las olas.
Hoy es el día, se avista tierra, unas grandes
playas y un inmenso puerto (el puerto de Buenos Aires
según me dijeron); pero, ¿qué
es esta tierra, en la lejanía tan similar a
nuestra amada Italia?, ninguno puede evitar condolerse.
Las lágrimas arrasan nuestros ojos, y los recuerdos
vuelven a surgir.
Y ya estamos en el puerto, descendiendo, uno por uno,
nos agrupan, y el hombre de la blanca barba se dirige
hacia un oficial, con el cual entabla una conversación.
Durante su charla, resalta una palabra particular,
esa palabra a la que tanto le temíamos, esa
palabra que selló el hecho de que nunca formaríamos
realmente parte de esta patria; nadie más la
escucha, sólo yo.
Un sentimiento gris invadió mi corazón
y una intensa angustia se apoderó de mí.
Los inmigrantes nos llaman ellos, los desarraigados
somos…