Franco
se encontraba en el puerto, con las piernas colgando
sobre el mar.
Distraídamente arrojaba piedritas, viendo cuán
lejos llegaban. Si ese fuera un día común,
el estaría cerca del centro de la ciudad, buscando
trabajo en qué ocuparse. Pero ese no era un
día común. Franco lo sabía, y
no le gustaba para nada.
Con el ceño fruncido, el joven de veinte años
esperaba a que la figura del enorme, horrible y funesto
barco desapareciera en el horizonte, aún sabiendo
que las personas que habían sido traídas
en él no se irían así de fácil.
No tenía muchas luces, pero odiaba a los inmigrantes
más que a nada.
-Estos italianos nos van a arruinar a todos- se quejaba
para sus adentros-. Seguro ahora nos llenamos de asesinos.
La masa de gente que se aglutinaba en el puerto llenaba
el lugar de gritos y risas. Por fin parecía
que terminarían de desembarcar, para alivio
de Franco, pero entonces, asomó su cabeza por
la entrada de la embarcación un hombre bigotudo
de sombrero y maleta pequeños. Miraba hacia
todos lados, esperanzado, como si hubiera concretado
un sueño e iniciado otro al llegar.
-...Como si estuviera huyendo de algo.- murmuró
Franco, abriendo los ojos como platos.
Algo hizo “clic” dentro de su mente, y
él se convenció de que aquel hombre
bigotudo era un asesino, que escapaba de la justicia
en su país.
Enseguida dejó las piedritas, se levantó,
y, corriendo, se dirigió hacia donde estaban
los italianos. En el camino encontró a su amigo
Lucas, un policía con aproximadamente una treintena
de años.
-¡Lucas, Lucas!- gritó, mientras se abalanzaba
sobre él.
-¡Eh! ¡Cálmese un poco! ¿Qué
pasa?- respondió el sorprendido hombre.
-¡El italiano ese! ¡Es un asesino!- vociferó
Franco, y, sin esperar una respuesta, se echó
a correr de nuevo. Escondiéndose entre la gente
procuró seguir al inmigrante, que, según
oyó, se llamaba Giancarlo.
Pero los gritos incomprensibles de los extranjeros
lo desorientaron, y terminó por perderse. Rechistando,
se dirigió a su hogar, sabiendo que no volvería
a encontrar al criminal.
Horas más tarde, aún perdido, se encontró
con un amontonamiento de gente en el marcado. También
estaba allí Lucas; probablemente él
no se había extraviado.
-¿Qué pasó?- inquirió
Franco.
-Y... parece que mataron a un hombre.
-¡No puede ser! ¿Usted lo vio? ¿Cómo
fue?- dijo el joven, lleno de rabia por no haber podido
seguir al italiano.
-Por lo que vi, y aunque suene absurdo, lo ahorcaron
con unos fideos duros.- respondió el policía,
riendo entre dientes.
-Qué asesinato raro...
Meditabundo, Franco se alejó de Lucas y de
la escena del crimen.
-Estoy seguro de que él es el asesino- pensó,
refiriéndose al italiano -, pero es tan bueno
que no dejó pistas.
Así fueron pasando lo días, y el “asesino
de la pasta”, como lo llamaban, fue cobrándose
más víctimas. Producía entre
la población algunas risas su ridículo
modo de matar, pero de igual forma, todos estaban
asustados. Por medio de Lucas, o por vista propia,
Franco se enteró de que en uno de los crímenes
había un pequeño sombrero; en otro,
un papelito escrito con palabras extranjeras incomprensibles;
y siempre había fideos –la marca personal
del asesino– cerca de la pobre víctima.
Pero no lograba conectar nada de esto con el italiano.
Un día, mientras compraba algo en el mercado,
y cavilaba sobre los asesinatos, vio pasar a Giancarlo.
Con el corazón latiéndole diez veces
más rápido de lo normal, dejó
sus compras y procuró no perderlo otra vez.
Ocultándose entre las góndolas, lo persiguió
por un espacio de dos horas. Se detuvo entonces a
recuperar el aliento –¡el italiano ese
no se cansaba nunca! –, apoyando su espalda
contra un puesto de madera. Ya era bien entrada la
noche, y no se veía a nadie por las calles.
En ese momento, oyó un fuerte golpe y un ruido
de algo desplomándose. Sin quererlo, soltó
una exclamación, y, justo después, escuchó
unos rápidos pasos, de alguien alejándose
a la carrera. Asustadísimo, Franco esperó
unos minutos, y recién entonces se atrevió
a asomarse.
Ya sabía qué iba a ver, pero de todos
modos se sorprendió. Un hombre, tal vez el
último que aún seguía allí
a esas horas, yacía en el piso, con un enorme
golpe en la cabeza. Al lado de él, se encontraba
una vieja y gastada cachiporra, presumiblemente, el
arma asesina.
¡Eso era! Quizá Giancarlo tenía
una, ya que seguramente era un mafioso italiano, y
necesitaba defenderse, o, tal vez, matar. Franco tomó
la cachiporra y la metió dentro de una bolsa
que encontró, y, corriendo en la dirección
contraria a la que había tomado el italiano,
se alejó de la escena del crimen.
Al día siguiente, sin haber podido dormir,
se dirigió a la comisaría, donde estaba
Lucas. Ya dentro del edificio, y camino a la oficina
de su amigo, vio al jefe, y le anunció:
-Venga usted también, señor. Lo que
descubrí seguro le interesa.
El regordete hombre se levantó sorprendido,
y siguió al joven a través de un pasillo.
La puerta del final de éste estaba abierta,
y dentro de ella dormitaba Lucas.
-¡Lucas!- gritó Franco.
El aludido se despertó rápidamente,
tirando un par de cosas que había sobre su
escritorio.
-¡Yo tenía razón! Aunque me lo
negara usted, yo lo sabía. Pero la verdad es
esta: primero, llega acá, después, empieza
a matar gente, y luego deja pistas falsas y sin sentido,
¡pero esto lo va a descubrir!- exclamó
el joven, emocionado, y, acto seguido, puso sobre
la mesa la cachiporra.
Lucas observó el arma y a Franco por unos segundos,
y luego rompió a llorar.
-¡Es imposible!- sollozó -¡Pensé
que usted iba a señalar al italiano, pero no!
¡Dejé todas esas pistas, y apelé
a su odio por los inmigrantes, pero usted es demasiado
inteligente! ¡De todas formas me descubrió!
Franco no entendía nada. El italiano... ¿Giancarlo
no era el asesino?
-Queda usted arrestado, Lucas Gómez, por los
crímenes de esta última semana.- dijo
el jefe, casi tan sorprendido como Franco, mientras
esposaba al lloroso Lucas.
El joven salió de la comisaría sin comprender
del todo lo que había pasado. Suspiró
hondo, y, encogiéndose de hombros, se dirigió
al centro de la ciudad, convencido de que encontrar
algo en lo que ocupar su tiempo sería lo mejor
para él.