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VI CONCORSO LETTERARIO ACIAU 2008
CUENTO EN CASTELLANO
1 PREMIO

Un Extraño asesino

Seudónimo
Kaisa

Union y Benevolencia Dante Alighieri - Casilda

Franco se encontraba en el puerto, con las piernas colgando sobre el mar.
Distraídamente arrojaba piedritas, viendo cuán lejos llegaban. Si ese fuera un día común, el estaría cerca del centro de la ciudad, buscando trabajo en qué ocuparse. Pero ese no era un día común. Franco lo sabía, y no le gustaba para nada.
Con el ceño fruncido, el joven de veinte años esperaba a que la figura del enorme, horrible y funesto barco desapareciera en el horizonte, aún sabiendo que las personas que habían sido traídas en él no se irían así de fácil. No tenía muchas luces, pero odiaba a los inmigrantes más que a nada.
-Estos italianos nos van a arruinar a todos- se quejaba para sus adentros-. Seguro ahora nos llenamos de asesinos.
La masa de gente que se aglutinaba en el puerto llenaba el lugar de gritos y risas. Por fin parecía que terminarían de desembarcar, para alivio de Franco, pero entonces, asomó su cabeza por la entrada de la embarcación un hombre bigotudo de sombrero y maleta pequeños. Miraba hacia todos lados, esperanzado, como si hubiera concretado un sueño e iniciado otro al llegar.
-...Como si estuviera huyendo de algo.- murmuró Franco, abriendo los ojos como platos.
Algo hizo “clic” dentro de su mente, y él se convenció de que aquel hombre bigotudo era un asesino, que escapaba de la justicia en su país.
Enseguida dejó las piedritas, se levantó, y, corriendo, se dirigió hacia donde estaban los italianos. En el camino encontró a su amigo Lucas, un policía con aproximadamente una treintena de años.
-¡Lucas, Lucas!- gritó, mientras se abalanzaba sobre él.
-¡Eh! ¡Cálmese un poco! ¿Qué pasa?- respondió el sorprendido hombre.
-¡El italiano ese! ¡Es un asesino!- vociferó Franco, y, sin esperar una respuesta, se echó a correr de nuevo. Escondiéndose entre la gente procuró seguir al inmigrante, que, según oyó, se llamaba Giancarlo.
Pero los gritos incomprensibles de los extranjeros lo desorientaron, y terminó por perderse. Rechistando, se dirigió a su hogar, sabiendo que no volvería a encontrar al criminal.
Horas más tarde, aún perdido, se encontró con un amontonamiento de gente en el marcado. También estaba allí Lucas; probablemente él no se había extraviado.
-¿Qué pasó?- inquirió Franco.
-Y... parece que mataron a un hombre.
-¡No puede ser! ¿Usted lo vio? ¿Cómo fue?- dijo el joven, lleno de rabia por no haber podido seguir al italiano.
-Por lo que vi, y aunque suene absurdo, lo ahorcaron con unos fideos duros.- respondió el policía, riendo entre dientes.
-Qué asesinato raro...
Meditabundo, Franco se alejó de Lucas y de la escena del crimen.
-Estoy seguro de que él es el asesino- pensó, refiriéndose al italiano -, pero es tan bueno que no dejó pistas.
Así fueron pasando lo días, y el “asesino de la pasta”, como lo llamaban, fue cobrándose más víctimas. Producía entre la población algunas risas su ridículo modo de matar, pero de igual forma, todos estaban asustados. Por medio de Lucas, o por vista propia, Franco se enteró de que en uno de los crímenes había un pequeño sombrero; en otro, un papelito escrito con palabras extranjeras incomprensibles; y siempre había fideos –la marca personal del asesino– cerca de la pobre víctima. Pero no lograba conectar nada de esto con el italiano.
Un día, mientras compraba algo en el mercado, y cavilaba sobre los asesinatos, vio pasar a Giancarlo. Con el corazón latiéndole diez veces más rápido de lo normal, dejó sus compras y procuró no perderlo otra vez. Ocultándose entre las góndolas, lo persiguió por un espacio de dos horas. Se detuvo entonces a recuperar el aliento –¡el italiano ese no se cansaba nunca! –, apoyando su espalda contra un puesto de madera. Ya era bien entrada la noche, y no se veía a nadie por las calles. En ese momento, oyó un fuerte golpe y un ruido de algo desplomándose. Sin quererlo, soltó una exclamación, y, justo después, escuchó unos rápidos pasos, de alguien alejándose a la carrera. Asustadísimo, Franco esperó unos minutos, y recién entonces se atrevió a asomarse.
Ya sabía qué iba a ver, pero de todos modos se sorprendió. Un hombre, tal vez el último que aún seguía allí a esas horas, yacía en el piso, con un enorme golpe en la cabeza. Al lado de él, se encontraba una vieja y gastada cachiporra, presumiblemente, el arma asesina.
¡Eso era! Quizá Giancarlo tenía una, ya que seguramente era un mafioso italiano, y necesitaba defenderse, o, tal vez, matar. Franco tomó la cachiporra y la metió dentro de una bolsa que encontró, y, corriendo en la dirección contraria a la que había tomado el italiano, se alejó de la escena del crimen.
Al día siguiente, sin haber podido dormir, se dirigió a la comisaría, donde estaba Lucas. Ya dentro del edificio, y camino a la oficina de su amigo, vio al jefe, y le anunció:
-Venga usted también, señor. Lo que descubrí seguro le interesa.
El regordete hombre se levantó sorprendido, y siguió al joven a través de un pasillo. La puerta del final de éste estaba abierta, y dentro de ella dormitaba Lucas.
-¡Lucas!- gritó Franco.
El aludido se despertó rápidamente, tirando un par de cosas que había sobre su escritorio.
-¡Yo tenía razón! Aunque me lo negara usted, yo lo sabía. Pero la verdad es esta: primero, llega acá, después, empieza a matar gente, y luego deja pistas falsas y sin sentido, ¡pero esto lo va a descubrir!- exclamó el joven, emocionado, y, acto seguido, puso sobre la mesa la cachiporra.
Lucas observó el arma y a Franco por unos segundos, y luego rompió a llorar.
-¡Es imposible!- sollozó -¡Pensé que usted iba a señalar al italiano, pero no! ¡Dejé todas esas pistas, y apelé a su odio por los inmigrantes, pero usted es demasiado inteligente! ¡De todas formas me descubrió!
Franco no entendía nada. El italiano... ¿Giancarlo no era el asesino?
-Queda usted arrestado, Lucas Gómez, por los crímenes de esta última semana.- dijo el jefe, casi tan sorprendido como Franco, mientras esposaba al lloroso Lucas.
El joven salió de la comisaría sin comprender del todo lo que había pasado. Suspiró hondo, y, encogiéndose de hombros, se dirigió al centro de la ciudad, convencido de que encontrar algo en lo que ocupar su tiempo sería lo mejor para él.

de Luciana Cacik