Aunque
el sol brillara más que nunca, y el viento
soplara como una caricia… Los árboles
simplemente no reverdecían, las flores no cambiaban
sus colores. El cielo era tan gris y la nieve tan
espesa, como la tristeza en los ojos de las familias,
sin alguna esperanza que prevaleciera.
Todo, excepto Aldo, creían que nada iba a mejorar.
Él peinaba a quiénes deberían
partir, a perder suspiros… por una razón
no incumbente a sus vidas. Peluquero de toda una ciudadela,
soñaba con un cielo de alegrías, ilusiones,
una casa grande, platos repletos de abundante comida
a la hora del almuerzo y la cena, todo esto para sus
hijos. Corazones sin miedos, calles limpias donde
jugar y ver crecer, tal vez, el retoño que
con su amada juntos plantaron.
Sus deseos se cumplirían, si lograba salir
de allí. En una tierra rica, lejana, cubierta
de colores y aromas nuevos, con personas cálidas.
Una cultura diferente. Ese paraíso prometido,
tenía un nombre, claro que sí, se llamaba
Argentina.
El 18 de Abril de 1950, abordaron el barco con destino
a las Américas. Cuatro ánimas multicolores
en busca de oportunidades, se destacaban entra la
empobrecida muchedumbre. En Julio de ese mismo año
desembarcaron en el puerto de Buenos Aires, y esos
detalles que habían pasado desapercibidos,
en ese instante, se hacían notar.
Cientos de hombres y mujeres de la alta sociedad,
rebosantes de clase y buenos modales, los miraban
de reojo y reían por lo bajo. Aún así
no escondía su sonrisa. Agarraba con más
entusiasmo la manito de su hijo, y besaba con dulzura
le mejilla de su mujer. Mas tarde notaron como el
ambiente cambiaba, los caminantes vestían menos
colorido, sus miradas se encontraba perdidas. ¿Era
ese su destino? Claro que no, él había
prometido a Quinta, su esposa, algo mejor de lo que
habían dejado atrás.
Aldo debía aprender a comunicarse y desenvolverse
en esta jungla desconocida. No conocía de memoria
los recovecos de esta ciudad. Tenía miedo,
pero no existía en su vocabulario “dar
marcha atrás”. Conseguir una casa donde
cobijar a sus hijos, Bruno y Patricia, su naciente
razón para no dejar de soñar.
Enamorado perdidamente de su mujer, a sólo
un mes de llegados, cumplía con su promesa.
Se mudaron a Santa Fe, vivieron en una casa con tantos
pasillos como laberinto de Alicia; mágica,
espolvoreada de amor. Todo parecía ir como
lo habían planeado.
Peluquero exitoso resultó en el barrio centro
santafesino. Encontraron amigos rápidamente
en la familia de la casa contigua, los Amado, quienes
les abrieron camino al nuevo mundo y los recibieron
como si fuesen familias anteriormente separadas.
Ahora el sol brillaba más que nunca, el viento
soplaba como una caricia. Los árboles reverdecían,
las flores cambiaban de colores con la estación
del año correspondiente… El cielo azul
y miradas seguras. ¿Era esto un sueño?
Si así lo era… no quería que lo
pellizquen, ni tratar de prender la luz, o limitarse
a volar. Simplemente no quería despertar.
No dejó de levantarse cada día orgulloso,
para despertar a sus hijos con alegría. Volver
del trabajo, saludar a su mujer, que tanto lo ayudó.
Antes de ir a dormir, observaba a su bebé,
sonreía, miraba a su hijo y no podía
evitar, que su corazón comenzara a exaltarse.
Las lágrimas brotaban como en un niño.
Pero era feliz. Lo había logrado.